Querida Familia:

Van algunas líneas desde estas tierras guyanesas en las cuales me encuentro temporalmente, por esos designios de la Providencia. No tenía previsto escribir tan pronto, cual misionero experimentado, ya que llevo apenas poco más de dos semanas por estos pagos, pero creo que lo que sucedió el domingo pasado, domingo del Buen Pastor, puede ser edificante. No fue nada extraordinario, humanamente hablando, pero para los que aprecian el valor de la gracia en las almas, creo que fue un hecho sumamente extraordinario, aunque la costumbre de la vida sacramental nos haya hecho perder un poco la grandeza de lo que recibimos a diario…

Como todos los domingos, después de celebrar la Misa de 7:00 hs. en la Iglesia parroquial de Hosororo Hill, nos dispusimos a partir en el “bus” de Uncle Boffy, experimentado chofer de estas selvas, para la celebración de otra Misa en una de las capillas cercanas. Esta vez, sería en la de la comunidad de Wuauna. Era el domingo “del Buen Pastor”. Wuauna no es más que un caserío en una de las colinas cercanas a Hosororo Hill. Para que se entienda mejor, es bueno saber que la configuración geográfica del lugar consiste en un continuo manto de selva o jungla espesa en donde se hace muy difícil el asentamiento de cualquier tipo de población, excepto en las pequeñas colinas o partes elevadas, donde se puede respirar un poco más de aire y librarse de las inclemencias del tiempo y de la naturaleza.

El camino no era tan largo, y las risas de los seminaristas que iban conmigo causada por mi absoluta incomprensión de la (que supongo) amena conversación que me propiciaba Boffy en un inglés tan espurio como desarticulado, lo hicieron más entretenido. En media hora poco más o menos estábamos ya a la puerta de lo que sería la capilla de Wuauna. Y digo “lo que sería la capilla”, porque en realidad, mucho le faltaba para llegar a serlo.

Desde afuera nomás ya todo auguraba una ceremonia no muy feliz…: el sol de cerca del mediodía calentaba con toda su bravura el techo de chapa, y la selva entera devolvía como un eco la humedad que conservara de la lluvia de la pasada noche y que envolvía con su espesura todo el ambiente y el aire que respirábamos; la entrada de la capilla nos recibía con un charco que intentábamos vadear, pero que inevitablemente nos hacía llenar de tierra o barro el suelo al entrar. Y ya en el interior, todo parecía sucio y abandonado: bancos, imágenes, manteles y altar; sin contar que insectos de toda especie habían hecho suyas todas las paredes y rincones del oratorio. E, intentando no exagerar, debo decir también que el olor era del todo particular… Sin embargo, lo que mayor impresión nos causó fue lo que sería el Sagrario: una rustiquísima caja de madera mal cubierta por un velo desprolijo donde, después de la Misa, debería quedar reservado el Santísimo Sacramento que se administraría durante la semana a algunos enfermos…

Con gran alegría de todos, comenzó nomás la ceremonia: en la conmemoración del Buen Pastor, Misa con bautismos. Y a lo lamentable de la descripción que he hecho del lugar, debo agregar que ni la feligresía ni el cura cooperaban mucho más a la solemnidad del evento. Los cantos de la asamblea hubieran espantado al más desorejado; y el inglés que hablaba el cura -es decir, yo- era, en definitiva, casi tan desastroso como el de nuestro buen Uncle Boffy…

Llegó entonces el momento de la homilía. Y fue allí donde, como se dice, la realidad nuevamente superaba la ficción. La ficción era que yo intentaba explicarles lo mejor posible, la hermosa y consoladora que es para nuestras almas la imagen de Cristo Buen Pastor, cargando apaciblemente a las ovejas -o sea, a nosotros- en sus hombros. Y la realidad era que, de hecho, el Buen Pastor había querido venir una vez más al corral para quedarse, casi literalmente, en medio de las ovejas, en esa capilla que poco le faltaba para ser un verdadero establo… La emoción me envolvió y las palabras, que ya eran pocas en el papel, debieron acortarse aún más… Sí, Jesucristo Buen Pastor, literalmente -insisto- en esta ocasión, “no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la condición de esclavo, pasando por uno de tantos…” (Cf. Flp 2,6-7). Él no tuvo ningún reparo en venir a lo que, a mi parecer, era una completa indignidad. El Señor corrigió mis pensamientos, mostrándome que Él había querido venir a ponerse personalmente en medio de sus ovejas, porque -como tantas veces lo leímos en el Evangelio sin entenderlo- Él vino a los enfermos y no a los sanos, a los más necesitados y no a los que creen tenerlo todo…

Continuó la Misa y ya tenía yo como telón de fondo, como copando mis pensamientos, la importancia y grandeza de nuestro ministerio sacerdotal; pero he aquí que una idea más vino a llenar mi alma en el momento de los bautismos. Resulta que entre los que serían bautizados, según me informaran antes de la Misa, había un niño o joven de unos 15 o 16 años que padecía aquella enfermedad -cuyo nombre desconozco- por la cual la persona no se desarrolla física ni mentalmente, sino que permanece como un niño de unos 3 o 4 años. Y al sentir sus voces, o más bien gemidos, que lanzaría como queja por las inclemencias del calor, levanté la vista para mirarlo, y me vino el pensamiento de que casual o providencialmente, ese niño tenía poco más o menos los mismos años de vida que yo de vida religiosa… En un instante se agolparon en mi mente los recuerdos de aquel momento de mi ingreso al Seminario Menor, momento cargado de emociones, alegrías, incertidumbres, pena por el desprendimiento de los seres queridos y el anhelo del sacerdocio y la misión… ¿Cómo no pensar lo providencial del hecho de que, más o menos por esa misma época nacía esta creaturita que había tenido que esperar tantos años la gracia del Bautismo? ¿Cómo no pensar que de algún modo Sebastián, que ese era su nombre, había estado allí casi esperándome todos estos años…?

No sé si volveremos a vernos, pero sí sé que desde aquel instante en que derramé sobre su cabeza las aguas que lo salvarán, debo agradecerle que me hizo comprender -tal vez mucho mejor que hasta ahora- que sí, que había valido la pena entregarle mis manos a Dios para la salvación de las almas…

Y llegó el momento de la Consagración, y el Buen Pastor dijo una vez más que sí, y bajó para entrar en las almas de sus ovejas… Y concluyó la Misa, y nos despedimos de la gente entre risas y felicitaciones. Y volvimos todos y cada uno a sus ocupaciones. Y el Buen Pastor se quedó en Wuauna…

P. José Sylvester, IVE


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