Oración dominical. Mt 6, 9-15
La Oración dominical, la Oración del Señor por antonomasia, contiene, previa una invocación a nuestro Padre celestial, dos series de tres (o cuatro) peticiones. Las tres primeras, que miran al honor de Dios, son: la santificación de su nombre, el advenimiento de su reino, el cumplimiento de su voluntad, así en la tierra como en el cielo. Las tres (o cuatro) segundas, que miran más directamente a nuestro bien, son: nuestro sustento diario, el perdón de nuestras deudas, la preservación de las tentaciones, la liberación de manos del malvado. Antes de considerar el contenido de la oración, hay que precisar o discutir el sentido exacto de algunas expresiones.
«Santificado»: santificar puede significar o hacer santo o reconocer, venerar o alabar como santo. Aquí tiene evidentemente el segundo sentido. — «Nombre»: no es solamente el vocablo Yahvé, Elohim... con que designamos a Dios; son también los atributos de Eterno, Omnipotente, Sabio, Bueno..., con que le nombramos y honramos. «Nombre», más que la palabra, es la realidad por ella significada.
10 «Venga el tu Reino»: «Reino» se traduciría más exactamente «reinado». Lo que se pide es el advenimiento de este reinado de Dios sobre la tierra; si bien se pide, no tanto la inauguración de este reinado, cuanto su efectividad y extensión universal entre los hombres. — «Tu voluntad»: puede significar o los preceptos de Dios legislador o las disposiciones de Dios providente. Estas disposiciones de la divina providencia pueden considerarse bajo dos aspectos distintos: o, antecedentemente, como designios del divino beneplácito, llenos de bondad y misericordia, o, consecuentemente, como ordenaciones de la divina justicia, que con adversidades y tribulaciones castiga los pecados de los hombres. Aquí «voluntad» se entiende principalmente en el primer sentido, como se ve por la frase que sigue «así en la tierra como en el cielo»; aunque no se excluye el segundo sentido; dentro del cual, la voluntad de Dios antecedente ha de ser objeto de nuestros más ardientes deseos; la consecuente, objeto de nuestra adoración y resignación. — «Así en la tierra como en el cielo»: generalmente suele entenderse esta frase como complemento o modalidad de la precedente, es decir, del cumplimiento de la divina voluntad. Probablemente, con todo, puede también referirse a las otras dos peticiones anteriores, como lo indica el Catecismo del Concilio Tridentino (p. 4, c. 10, n. 3). Así también parece hacerlo el V. P. Luis de la Puente en la meditación de estas tres primeras peticiones (Meditaciones espirituales, p. 3, med. 14).
11 «De cada día»: así suele traducirse y entenderse generalmente, y parece que con razón, el original griego epiúsion. Pero la etimología y la significación de epiúsion no es del todo segura. Los más (dividiendo epiúsion) le dan el sentido de (día) que viene, es decir, que comienza, que en el contexto viene a significar lo mismo que cotidiano. Otros empero (dividiendo epiúsion) prefieren el sentido de (pan) de (nuestra) subsistencia, necesario para sustentar la vida. El primer sentido parece preferible; si bien ambas interpretaciones coinciden sustancialmente en la realidad significada.
12 «Deudas»: por el pasaje paralelo de San Lucas (11. 4) se ve que «deudas» es lo mismo que «pecados». Pero la palabra «deudas» ofrece la ventaja de expresar, no sólo el reato de culpa, significado por «pecados», sino también el reato de pena, que es una verdadera deuda contraída para con Dios, y que debemos pagar, si Dios no nos la perdona. — «Como»: partícula comparativa que expresa la proporcionalidad o semejanza (ya que no completa igualdad) entre el perdón que solicitamos de Dios y el que otorgamos a nuestros deudores. Pero connota también otros tres matices: el de causalidad (= ya que también nosotros perdonamos), el de medida y el de condición. — «Nuestros deudores»: son en este contexto, no los que nos deben algo en virtud de la justicia conmutativa, sino los que nos han ofendido o injuriado, los que han pecado contra nosotros; y perdonarlos es condonar la injuria y, normalmente, la reparación debida por ella.
13 «Y no nos dejes caer (literalmente no nos metas o pongas) en la tentación»: para que esta petición tenga sentido aceptable, «tentación» debe tomarse en el peor sentido, esto es, como solicitación diabólica al pecado, y tal que nos ponga en grave peligro de pecar. Pedir universalmente vernos libres de toda tentación sería ir contra las disposiciones de la divina providencia. la cual ha ordenado que los hombres sean probados y ejercitados con la tentación. Lo que pedimos es no vernos expuestos a tales tentaciones, que sean para nosotros ocasión próxima de pecado. — El inciso que sigue, se traduce de dos maneras: «mas líbranos de mal», o bien «mas líbranos del malo» o malvado, que es el diablo. La primera interpretación, en el sentido más corriente de «mas líbranos de todo mal», tiene contra sí la partícula adversativa «mas» (o «sino»), que expresa oposición entre este inciso y el precedente: oposición que no se advierte entre ser librado de todo mal y no ser expuesto a tentaciones peligrosas. No se remedia del todo este inconveniente, traduciendo «mas líbranos de todo mal moral», o sea, del pecado; pues, estando esta petición incluida en la anterior, o siendo análoga a ella, no cabe establecer entre ambos incisos la oposición expresada por la partícula adversativa. Hay que traducir, pues, «mas líbranos del malvado». Con la misma denominación de «el malvado» designa al diablo San Mateo en 13, 19 y 13, 38, San Pablo en Ef. 6, 16 y San Juan en su primera Epístola 2, 13; 2, 14; 5, 18; 5, 19. En este sentido la adversativa se explica perfectamente: «no nos expongas a las tentaciones peligrosas del diablo, antes líbranos de todo influjo de ese malvado». — La adición final «Amén» de la Vulgata Clementina y de la inmensa mayoría de los códices griegos tiene como origen el uso litúrgico, antiquísimo y universal, que se hizo de la Oración Dominical en la celebración de los sagrados Misterios.
Pero en esta Oración del Señor, más que la letra, que es como la corteza, interesa el contenido o el espíritu, que es el meollo. Imposible agotar los inmensos tesoros de espíritu y de vida encerrados en tan breves palabras: bastará espigar algunos de sus pensamientos más salientes.
«Padre»: Dios nos mira con ojos de padre, nos ama con corazón de padre: es, pues, justo, que nosotros le miremos con ojos de hijos, que le amemos con corazón de hijos, que acudamos a él y le hablemos con el respeto y la confianza con que un buen hijo habla a un padre bondadoso.
«Nuestro»: todos decimos lo mismo, porque todos somos hijos de un mismo Padre, todos, por tanto, hermanos unos de otros. Esta es la verdadera fraternidad universal.
«Que estás en los cielos»: si el cielo es la casa del Padre, es por lo mismo la casa de los hijos. Si nuestros pies pisan' la tierra, nuestros ojos han de mirar al cielo. ¡Arriba, al cielo, los corazones! La tierra será una hospedería: pero no es nuestra casa.
«Santificado sea tu nombre»: que sea reconocido y glorificado como santo el nombre de Dios. ¡Y hay hombres que profanan y maldicen este nombre santísimo! ¿Puede un hijo maldecir el nombre de su padre?
«Venga [a nos]) el tu reino»: que el reinado de Dios, reinado de justicia y de amor, se haga efectivo entre los hombres; que al imperio despótico de los tiranos humanos o diabólicos suceda el amoroso reinado del Padre celestial.
«Hágase tu voluntad»: cúmplase en todo tu voluntad santísima. Doble es la voluntad de Dios: su voluntad antecedente, su innata inclinación, deseo y propósito de comunicar los inagotables tesoros de su bondad a los hombres; y su voluntad consecuente, la que en cierta manera le impone nuestra rebeldía y el abuso de nuestra libertad, armando su brazo justiciero contra las prevaricaciones humanas. La voluntad antecedente hay que desear ardientemente se cumpla en toda su extensión y plenitud: la voluntad consecuente hay que adorarla rendidamente y acatarla con humilde sumisión.
«Así en la tierra como en el cielo»: de dos maneras pueden entenderse estas palabras: o como complemento de sola la última petición, o como complemento de las tres peticiones anteriores. En este segundo sentido, probable, pedimos a Dios, no solamente que se cumpla en la tierra su voluntad, como se cumple en el cielo, sino también que sea santificado su nombre y se haga efectivo su reinado en la tierra, lo mismo que en el cielo. Y aun en un sentido más general y comprensivo, desligado de las peticiones precedentes, pedimos que todo en la tierra se haga como en el cielo, que toda la vida humana sobre la tierra sea un trasunto de la vida de los bienaventurados en el cielo.
«El pan nuestro de cada día dánosle hoy»: aunque hemos de trabajar y sudar para comer nuestro pan, quiere Dios que se lo pidamos, juntando al trabajo la oración, como humilde reconocimiento de que sin su bendición nuestros esfuerzos serían baldíos y estériles. Y pedimos «nuestro pan», el sustento necesario para la vida, no manjares regalados. Y lo pedimos hoy para hoy: colgados siempre de su amorosa providencia. Y como lo pedimos nosotros, lo piden también nuestros hermanos los pobres. Y el medio normal de que se vale Dios para atender a las peticiones de los pobres es la caridad de los ricos, a quienes se ha entregado, además de su propia ración, la ración correspondiente a los pobres.
«Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores»: Dios está dispuesto a perdonamos. pero a condición de que también nosotros perdonemos. Subsiste en este punto la ley del talión: quien no perdona, tampoco él será perdonado.
«Y no nos dejes caer en la tentación»: tentaciones las ha de haber: y nosotros, frágiles criaturas, somos incapaces de prevenirlas y vencerlas todas por nuestras propias fuerzas: por esto pedimos a Dios que las modere y nos dé energías morales para superarlas.
«Mas líbranos del malvado»: el «malvado» o «malo» es el demonio, que «como león rugiente, anda en torno buscando a quien devorar» (1 Pedr. 5, 8).
14-15 Regalada promesa de perdón a los que perdonan, terrible amenaza contraria a los que no perdonan: tal es el comentario que de la quinta petición hace el divino Maestro.
(El Evangelio de San Mateo, Bover, Balmes, Barcelona, 1946, págs. 144-149)
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