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Imposición de Sotanas

Los novicios tuvieron su imposición de sotanas. El clima había sido benévolo, el viernes por la noche todo había quedado listo, después de viajar diez horas para cruzar Los Andes llegarían a San Rafael en Mendoza, Argentina. Las intensas nevadas hicieron que el viaje durara veintiséis horas, fue la última prueba que estos diecisiete jóvenes enfrentaron para poder “vestirse de luto”.

A las 11 de la mañana del día 17 de mayo comenzaron a desfilar, con el hábito en la mano, el corazón en Dios y la mirada en la eternidad. Se les veía nerviosos, pero contentos, sus caras dibujaban la incertidumbre de quienes dejan sueños, familia, amigos… pero la certeza de aquellos que “han escogido la mejor parte” Lc 10,41.

“Si escuchan mi voz y guardan mi alianza, serán mi especial tesoro entre todos los pueblos”, Ex  19,3. Después de haber escuchado estas palabras del libro del Éxodo fueron cubriendo de negro su cuerpo, hicieron externo lo que internamente habían comenzado: “la muerte del hombre viejo y el recubrimiento del hombre nuevo” Ef. 4,22.

Un rito de imposición de sotana siempre está lleno de símbolos. El Padre Clarey, Superior Provincial, les recordó precisamente, que, así como el velo del templo en la antigua alianza custodiaba la parte más sagrada del santuario, de la misma manera el hábito religioso guarda al que ha consagrado su vida a Dios.

Al terminar la ceremonia, los seminaristas tenían preparada una lasaña para dar la bienvenida a los novicios quienes disfrutaron la oportunidad de festejar con sus familias, tomarse unas fotos y compartir anécdotas. Cuando la reunión terminó algunas sonrisas cedieron lugar a las lágrimas; a los sentimientos encontrados de quienes experimentan el desprendimiento físico, pero el consuelo de que se hace por Dios y su reino.

Los que recibieron el hábito tienen diversidades en cuanto a edades y nacionalidades, Paragüay, Chile, Argentina, Costa Rica…  A algunos la vida apenas les sonreía, otros habían realizado estudios profesionales. Tenemos el caso de Juan, quien a sus veinticinco años se dedicaba a la administración de empresas y a la mitad de un viaje por Europa, sintió una profunda inquietud que le invitaba a apostar todo por Dios. Daniel, en cambio, había sido profesor de matemáticas en Chile, sin embargo comenzó a preguntarse si se le estaba invitando a enseñar algo más trascendente. En cambio Bernardo desde los catorce años se había preparado en el Seminario Menor para este momento.

Todos ellos tienen historias diferentes, pero con un denominador común: habían sido seducidos por la cruz, pues al ingresar presentían que iniciaban una vida difícil, pero al recibir la sotana daban el primer sí a una vida que los priva de las comodidades del mundo pero que los llena de Dios.

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